jueves, 9 de julio de 2015

El niño que dijo no.



Hoy, en Somotillo, se realizaron las honras fúnebres del niño nicaragüense Ángel Ariel Escalante Pérez, de doce años, que vivía con su familia en Guatemala.  Unos pandilleros pretendieron obligarlo a matar al conductor de un autobus, so pena de ser asesinado él mismo.  El niño dijo que no. Cuando los criminales lo pusieron a escoger si quería morir descuartizado o lanzado de un puente, Angelito se sostuvo y fue lanzado del puente Belice. Sobrevivió al impacto y relató la historia.  Luchó por su vida, pero había sufrido traumatismos severos, finalmente murió.

Me ha conmovido profundamente su historia por muchas razones.  ¿Qué sucede en una sociedad en la que grupos delincuenciales quieren convertir en criminal a un niño? ¿Qué nivel de impunidad existe que no deja vivir en paz a un niño que solo quiere estudiar, jugar y mejorar su vida?

Pero lo que más me ha movido es su ejemplo de integridad, entereza, valor cívico y valor humano. Un niño que supo que debía hacer lo correcto, que no podía convertirse en asesino, aún a riesgo de su vida.

Mucho de lo que sucede en sociedades como la nuestra tiene que ver con que hay personas, muchas personas, que no dicen no

Si a quienes les propusieron que se robaran los votos de sus vecinos y hasta de sus amigos, hubiesen dicho que no, por que no era correcto, por que el voto de cada quien debe valer igual, no estaríamos entrando en un callejón sin salida.

Si a quienes les proponen cada día que saquen dinero de las arcas públicas para favorecer acciones del partido en el poder, dijeran que no, por que es corrupción, otra sería nuestra situación.

Si a quienes les indican que deben espiar a opositores, rajarles la cabeza, torturarlos, robarles o acosarlos, dijeran que no, por que los nicaragüenses tenemos derecho a pensar como cada quien quiera, a tener la opción política o ideológica que quiera, muchos problemas estarían resueltos.

Si los magistrados a quienes les sometieron la inconstitucional consulta sobre la reelección de Ortega, hubiesen dicho que no, por que la ley no los facultaba, otro sería nuestro sistema judicial y nuestro sistema político.

Si el jefe del ejército y la jefa de la Policía dijeran que no, que no pueden convertir sus instituciones en instrumento de las ambiciones de una familia en el poder, Nicaragua se habría alejado del siempre presente fantasma del somocismo.

A ninguno de ellos se les puso como condición su vida para decir lo que el poder quería que dijesen o para hacer lo que el poder quería que hicieran.

Ciertamente, si decían que no tendrían que sacrificar algo de sus comodidades, renunciar a prebendas y privilegios ilícitos, pero tendrían honor e integridad y el país tendría un camino despejado para procurar su desarrollo.  Pero, evidentemente ninguno tuvo el valor cívico y la convicción que Angelito, un niño de doce años, tuvo en el peor de los momentos, en la peor de las condiciones.

Cada vez que tengo que hablar con jóvenes sobre los problemas de Nicaragua, les insisto en que uno de los grandes aprendizajes en esta sociedad es simplemente decir no.  No a la intolerancia, a la impunidad, a la corrupción, a la represión, a la confiscación de libertades, a la violación a las leyes y los derechos humanos.  A veces, es solamente necesario decir noUn niño pudo hacerlo y tenía toda su vida por delante.  Todos deberíamos poder hacerlo.

Managua 9 de julio de 2015.