sábado, 19 de julio de 2014

Hoy celebro nuestra rebeldía y nuestra esperanza



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 A Fanor Urroz "Mariano"

Siempre que se acerca el 19 de julio, hay quienes se preguntan si, en realidad, hay algo que celebrar. Yo digo que si tengo razones por las cuales hacerlo.

No dudamos en repudiar la manera de "celebrar" de la familia Ortega Murillo con derroche de recursos públicos, con un montaje especialmente dedicado a colocar en el centro a un caudillo autoritario y corrupto, en una operación de publicidad interna y externa que necesitan con urgencia pues cada vez es más claro que se trata de una oligarquía descompuesta y desprestigiada.

Pero no es de eso que quiero hablar, sino del triunfo de la revolución, de lo que yo puedo y quiero celebrar. Cuando las fuerzas sandinistas llegaron a la antigua plaza de la República, el 20 de julio de 1979, habían transcurrido poco más de cuarenta años desde que se había instalado la dictadura de la familia Somoza.  Ese momento resumía muchas emociones.

Durante más de cuarenta años, varias generaciones lucharon contra aquella dictadura. En los años cuarenta, decenas de estudiantes universitarios salieron a la calle con un pañuelo a modo de mordaza para protestar contra la represión a la libertad de expresión.  En las décadas siguientes, centenares de jóvenes se alistaron en todo tipo de movimientos armados y políticos. Estudiantes, campesinos y campesinas, trabajadores, productores, antiguos combatientes del ejército de Sandino,  ex oficiales de la GN, jóvenes de todas las ideologías, conservadores como Pedro Joaquín Chamorro, socialcristianos como Manolo Morales, patriotas como Chale Haslam y don Edelberto Torres E., sandinistas como la Conchita Palacios y Carlos Fonseca. A mi generación también le tocó su turno.  Y miles de jóvenes, muchachas y muchachos, se involucraron hasta el derrocamiento del régimen somocista.

El día del triunfo revolucionario resumía todas esas vidas.  Nicaragua había amanecido sin el dictador, pero habíamos pagado un precio elevadísimo, el más elevado que se puede pagar. Miles de jóvenes no estaban ahí, habían sido asesinados o caído en combate en esas cuatro décadas. Aquel era, sin embargo, el momento de la esperanza. Finalmente, se abría la posibilidad de decidir nuestra vida como nación y nuestro destino como pueblo. Ese momento lo habíamos construido a puro pulso, sueños, ilusiones, ideales, sacrificio, una enorme energía desplegada para abrir una puerta al futuro.

Yo celebro esa proeza de generaciones, que ilustra de lo que somos capaces y hemos sido capaces de hacer como nicaragüenses. Celebro la rebeldía y la esperanza.  Justamente, lo que quienes detentan el poder quieren que enterremos para siempre, hundiéndonos en el silencio de sus monedas de plata y la uniformidad de sus camisetas. 

Conmemoro a mis amigas y amigos que cayeron, a mi abuelo que sufrió destierro, a mi padre y a mi madre que me heredaron dignidad, a mis hermanos y hermanas en el combate que están por todo el país trabajando en todos los oficios, con honradez y entereza.

Son mis razones para celebrar, para conmemorar, para romper el muro de silencio que se nos quiere imponer.  Rompamos ese silencio y hablemos.  Saquemos nuestras fotos, cartas y recuerdos.  Hablemos de nuestras vidas.  En cada casa, en cada familia hay una historia que debemos contar.  Que los jóvenes, las muchachas y los muchachos de ahora, pregunten y obtengan respuestas. Que se escuchen todas las voces de generaciones hablándonos de sus sueños sobre la Nicaragua que aún tenemos pendiente de construir, de la patria para todas y todos.  Celebremos avivando nuestra memoria para iluminar nuestro andar, para refrescar y hacer reverdecer nuestra rebeldía y nuestra esperanza.


Fotografías de la insurrección en este enlace