viernes, 27 de junio de 2014

Buenos días doctor. Mi despedida a Mariano Fiallos.

Conocí a Mariano Fiallos cuando llegué a León, a estudiar a la Universidad Nacional Autonóma de Nicaragua. Él era decano de la Facultad de Ciencias y Letras y le tocaba entenderse con una enorme cantidad de estudiantes que ingresaba al año de estudios generales, conocido entonces como "año básico".  En 1974, con sobrados méritos, fue electo Rector de la universidad.

Solía coincidir con él en el mismo lugar todos los días.  Mariano salía de su casa, a pie, para dirigirse a sus oficinas en la universidad, con una puntualidad absoluta.  Yo salía del cuartito en el que vivía, justo a unos escasos cien metros de su casa. Cada día cumplíamos el mismo ritual.  Buenos días bachillera, decía Mariano.  Buenos días doctor, le respondía yo.

Su trabajo no era fácil. Eran los años finales de la dictadura, tiempo de creciente movilización política. El movimiento estudiantil se mantenía en gran actividad respecto a lo que pasaba dentro y lo que sucedía fuera de las aulas. Sobre los hombros de Mariano recaía la responsabilidad de mantener, defender y afianzar la autonomía universitaria, misma que permitía a los docentes ejercer su profesión con libertad de cátedra, no importando si lo que decían era agradable o no a los oídos del régimen. Le tocaba asegurar que se mantendría incólumen la autonomía universitaria que nos permitía a los estudiantes ejercer el libre debate de las ideas, reclamar por nuestros derechos como estudiantes y por nuestras libertades políticas como nicaragüenses. 

A algunos líderes estudiantiles les parecía que aquel hombre no se definía politicamente con claridad. Pero, Mariano ya para entonces colaboraba secretamente con las estructuras clandestinas del sandinismo.

Salí de las aulas a finales de 1975 y solo volví a verlo durante la insurrección en León. Lo visitaba en medio de las acciones militares para escuchar sus consejos. Un día llegué a su casa por encargo de la dirección del FSLN que estaba en San José involucrada en las negociaciones con los delegados del gobierno Carter, para la conformación de la Junta de Gobierno. Habían propuesto a Mariano para integrar la Junta y me pidieron que le preguntara su opinión. Así lo hice. Él me escuchó y dijo que cumpliría disciplinadamente con lo que se decidiera. No estaba cabildeando con nadie, ni lo haría, para llegar a ser integrante del primer gobierno post-dictadura.   

Coincidimos en más ocasiones y en una en especial en el Centro de Convenciones "César Augusto Silva" donde estaba la base principal del Consejo Supremo Electoral en las elecciones de 1990. Mariano tenía en sus manos y había ordenado publicar los primeros tres resultados de mesas electorales, dos favorecían a la UNO.  Los votos se contaban de manera impecable en las mesas, en las juntas receptoras de votos, en los municipios, en el centro de cómputos nacional.  El resto es historia conocida y añorada.

En los últimos tiempos en Nicaragua, los rectores de las universidades públicas, no se ven a si mismos como defensores y custodios de la autonomía universitaria, sino como correa de transmisión del poder político establecido. No solamente no se defiende la libertad de cátedra, sino que en algunas universidades públicas se persigue a quienes piensan distinto de la doctrina oficialista. No se respeta al movimiento estudiantil y a sus líderes, sino que se les ha pasado a formar parte de una casta de privilegiados que recibe altos sueldos, se les aprueban sus asignaturas por mero interés político y se les entrega el reparto de becas financiadas por fondos públicos, como si son favores personales o políticos. El libre debate de las ideas se acabó en las universidades públicas y la ambición por la calidad académica empalidece. 

Las personas son tan grandes o tan miserables como los desafíos que enfrentan y cómo los enfrentan. Mariano tuvo que conducir a una universidad autonóma en un país que clamaba por cambios y se desangraba tratando de lograrlos.  Y respondió con extraordinaria entereza, consecuencia, inteligencia e integridad. Entonces, la calle estaba más dura que ahora, pero jamás se detuvo a pensar en ello, no se convirtió en cortesano, ni en lleva y trae del poder, ni en su siervo, ni en su esquirol.  Todo lo contrario.

Como estudiantes sabíamos que si la guardia nos perseguía podíamos refugiarnos en la universidad, en sus aulas y edificios y que no se atreverían a entrar. Sabíamos que el rector no permitiría que eso sucediera.  En aquellas jornadas, no era infrecuente que Mariano visitara el cuartel de la guardia o las oficinas de la seguridad en Managua o León, buscando a estudiantes que habían sido capturados para garantizar que no fuesen asesinados, torturados o desaparecidos.

Él se engrandeció en aquellas circunstancias. Lo mismo sucedió con su papel en el Consejo Supremo Electoral, mismo lugar donde otros se han envilecido y corrompido hasta la saciedad.

La fortaleza de las instituciones públicas reside sin duda en su diseño, sus reglas, sus tradiciones.  Pero, esencialmente reside en el temple de las personas que las dirigen.  En las mismas posiciones públicas que otros ocupan como prebendas para cosechar priviliegios, alguien como Mariano Fiallos las convertiría en oportunidad de servicio público, de ejemplo de ciudadanía democrática y de honradez. Eso hace la diferencia.

Muchas personas al morir dejan grandes vacíos.  Mariano no.  El deja llena nuestra esperanza en una Nicaragua mejor, por que confirmó que era posible actuar como nicaragüense de primera, no como servil de segunda. Sabemos que es posible tener una universidad prestigiosa y libre, que es posible una elección limpia, que es posible contar con servidores públicos íntegros, que nada de eso es un sueño o una quimera, sino una realidad por la que debemos luchar para alcanzarla de nuevo.

sábado, 21 de junio de 2014

Los héroes olvidados. Los cínicos celebrados.

 https://www.flickr.com/photos/doramariatellez/sets/72157634929782508/
 Llegamos a los meses de junio y julio, profusos en fechas conmemorativas de las acciones de la última etapa de la lucha contra la dictadura somocista, la etapa de la insurrección final.

En aquellas acciones participaron miles de combatientes, mujeres y hombres, jóvenes casi adolescentes, con los ideales de acabar con la falta de libertades políticas, el hambre y la miseria que acosaban a la inmensa mayoría del pueblo nicaragüense. Muchos de ellos y ellas no lograron ver el triunfo de la revolución, no vivieron para ver crecer a sus hijos e hijas, o para seguir sus aspiraciones profesionales o laborales, o simplemente construir su vida a su manera.

Otros miles de jóvenes, una nueva generación, se vió envuelta en una guerra, para defender la revolución o para adversarla. Todos combatieron en nombre de la libertad, los derechos políticos, económicos y sociales del pueblo nicaragüense: el derecho a tener una vida digna, a contar con empleo, a no ser discriminado por nadie, a tener iguales oportunidades, a tener libertades. De un lado y otro, esos eran los objetivos, aunque para cada quien la importancia de unos derechos fuese mayor que otra.

Al fin, la guerra terminó.  Las armas se guardaron o se enterraron. Han pasado más de treinta años y los caídos no cuentan con un memorial digno, un memorial nacional (no de una facción política) que les otorgue respeto y consideración de la sociedad, que represente el agradecimiento por su entrega, por su lucha y que también nos recuerde quiénes somos, de dónde venimos.

A los sobrevivientes, no les va mejor. La mayoría llegan ya casi a la edad de la jubilación, pero no la tendrán. Quienes estuvieron en el Ejército Popular Sandinista no tienen cotizaciones en el INSS ni los cubre ninguna otra institución. Muchos tienen secuelas de lesiones y heridas de guerra, sin ser atendidos con la dedicación y especialidad que merecen. Otros viven en extrema pobreza o tienen alguna discapacidad y dependen de sus familiares, en condición precaria. Muchos mueren olvidados y abandonados.


Después de muchas vueltas, presiones, tranques, luchas, se aprobó la Ley 830 en la Asamblea Nacional y se publicó en La Gaceta en febrero de 2013. Cubre a todos los sectores y establece un listado de derechos, comisiones, instituciones y procedimientos a cumplir. Aunque la ley no es buena, pues no es categórica con el otorgamiento de derechos, al menos podría representar una oportunidad para los ex-combatientes que están esperando que se cumplan promesas y compromisos firmados por éste y los otros gobiernos que han pasado, desde el final de las guerras en 1990.

Pero, el oficialismo orteguista, presionado para aprobar la ley, le metió una trampa. La ley sólo se puede aplicar si se reglamenta. Después de 16 meses, aún no se ha elaborado, ni aprobado reglamento alguno, pretexto utilizado en todas las instituciones para no cumplir con lo establecido. Ni el inconstitucional Ortega, ni la directiva de la Asamblea Nacional han hecho nada por reglamentar la ley, pues la aprobaron para no aplicarla.

Ortega desfila cínico, montado en su Mercedes Benz, durante un show alusivo al Repliegue, pero no ha firmado el Reglamento de la Ley 830.

Los héroes olvidados, marginados, discriminados. Los cínicos celebrados y celebrando. Es la naturaleza del régimen actual, tan parecido al derrocado en julio de 1979.