miércoles, 30 de marzo de 2016

Gracias Magaly.


Para Fafa, Syra, Fafita y Marcelle Victoria, con mi abrazo cariñoso y agradecido.

Conocí a Magaly Pineda en los años ochenta tempranos. Había llegado a Nicaragua atraída por la revolución sandinista, con un discurso que nos sonaba algo extraño.

Había participado de la lucha contra la dictadura de Trujillo y militado en la izquierda dominicana, junto a Fafa, su esposo. Forzada al exilio, lo convirtió en trinchera. Al regresar decidió dejar las filas partidistas para dedicarse a los derechos de las mujeres.

Llegó a nosotros con su propuesta clara y abiertamente feminista. La izquierda de los años sesenta y setenta a la que pertenecíamos, había proclamado su vocación para la igualdad de las mujeres, pero se centraba en los pobres como eje del planteamiento de justicia social. Por alguna razón, el feminismo resultaba sospechoso y era hasta mal visto por la izquierda de la época.

Magaly, tocó nuestras consciencias con aquel discurso que demandaba más de cada una de nosotras, no solamente ser revolucionarias en el sentido político, sino también respecto a la lucha de las mujeres, repensándonos y repensando nuestro papel.

Así consumimos tiempo, debatiendo durante horas sobre cada tema, de lo humano y lo divino, unas veces de acuerdo, otras en desacuerdo. Aunque su inteligencia era privilegiada, su virtud principal era ser decidida y tenaz como un martillo. Había que serlo para hablar de feminismo en su país y en el nuestro, para vencer grandes prejuicios, construir una comprensión y un lenguaje propio, un programa para superar los rezagos a los que están sometidas las mujeres, para forjar una organización sólida como el CIPAF.

Pero también, había que tener el corazón y la piel jóvenes, con la sensibilidad despierta para reconocer los desafíos de los tiempos. Por eso no me sorprendió encontrarla dedicada a los temas tecnológicos, desde la perspectiva de la brecha de género digital. Ya la había visto trabajar por y con las mujeres de las zonas francas y contra la violencia hacia las mujeres. No tenía especialidad, se diría ahora. Esa era su virtud, mantener la mirada amplia en el profundo entendimiento de la integralidad de la vida de las mujeres.

Cuando se estableció el 25 de noviembre, fecha del asesinato de Minerva, Patria y María Teresa, como Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres, supe que la mano de Magaly había estado ahí, pues tenía un don especial para actuar en los escenarios internacionales. He estado tan segura de ello, que ni siquiera le pregunté. Comenzando los noventa, cuando llegué a República Dominicana, Magaly me llevó a recorrer los caminos de las hermanas Mirabal, a conocer a su familia, antes que su vida trascendiera para todas nosotras, en todo el mundo. Esa experiencia también tocó mi corazón.

Luchar contra la corriente, remontar los rápidos, requiere del coraje que tenía Magaly, pero hacerlo dejando una huella profunda y amplia, requiere además, de la alegría, el optimismo, la energía, la esperanza y confianza que siempre tuvo, en que podían hacerse cada vez más amplios los caminos que recorremos las mujeres.

Por todo eso y por haberme hecho conocer a los 4.40, gracias Magaly.

Managua, 29 de marzo de 2016

lunes, 22 de febrero de 2016

"Como los santos" (1)


Había anochecido cuando Oscar Pérez-Cassar y yo, parte de un mar de gente, llegamos a la placita frente al colegio salesiano en el barrio Monimbó de Masaya.  Rápidamente, aquel hombre subió al alfeizar de una ventana de la pequeña iglesia y siendo sostenido de las piernas por algunos de los asistentes pronunció un apasionado discurso.  Era Fernando Cardenal, sacerdote jesuita, que horas antes había regresado a Nicaragua, como parte del Grupo de los Doce, desafiando a la dictadura somocista, tomándose el riesgo de ser capturado y asesinado por difundir un mensaje de rebelión y esperanza.  

Pérez-Cassar lo conocía desde hacía tiempo, pues había sido integrante del grupo de jóvenes con quienes Fernando había fundado el Movimiento Cristiano, una expresión de militancia revolucionaria construida desde una fe religiosa que salía de los misales a tomarse las calles, como en todo el continente.  

Era ya muy conocido.  Hacía pocos meses, armado con dos maletines, había llegado al Congreso de los Estados Unidos con una denuncia detallada y contundente de la represión en Nicaragua, que había preparado con Eduardo Contreras.  Fernando había prestado su voz para que hablaran por ella los campesinos y campesinas perseguidos, torturados y asesinados de las montañas del país.  

En aquella comparecencia, como en la placita de Monimbó, como en toda su vida, Fernando puso su corazón y su energía. Nunca antes en aquel lugar se habían escuchado esas verdades en ese tono.  Cuando un congresista le preguntó que calificara, del uno al diez, la represión de Pinochet en Chile y la de Somoza en Nicaragua, le respondió que no se trataba de un concurso, sino de las vidas de miles de personas y comunidades enteras.     

Nacido en cuna privilegiada, conoció la pobreza en un barrio de Medellín, Colombia, donde pasaba una de las etapas de su formación sacerdotal.  Los niños y niñas hambrientas, las personas sin esperanzas, la comunidad marginada atravesaron su conciencia para siempre.  Salió de ahí decidido a consagrar su vida a los más pobres, a los abandonados y marginados.  Y lo cumplió.

Confiando su esperanza en la juventud, siendo vicerrector, acompañó a los estudiantes de la UCA en sus demandas a la propia universidad y en la lucha por liberarlos de la cárcel.  Años después, lo sorprendió el terremoto ayunando con un grupo de jóvenes en la catedral de Managua para proclamar una navidad sin niños pobres.  Luego del triunfo de la revolución sandinista, anduvo con los alfabetizadores por los rincones del país y más adelante, y el resto de su vida, con maestras y maestros, abriendo camino a una educación de calidad, convencido que era una manera de construir oportunidades para que miles salieran de la pobreza.  

Pero, primero, hay que sacar de la pobreza a la educación misma.  Cuando lo invitaron de la Asamblea Nacional, para conmemorar la Cruzada Nacional de Alfabetización, fue, no a vanagloriarse de sus logros, sino a decir lo que la mayoría dominante no quería escuchar: que estaban dejando a la educación sin recursos, que habían miles de niños y niñas sin escuela, que otros países ya estaban dedicando más dinero, que debían asumir esa responsabilidad.

Así fue Fernando, directo, claro y decidido toda su vida para luchar por una Nicaragua mejor.  Y pagó el precio que cada vez le fue requerido.  Arriesgó su vida y su integridad física, desechó cargos y promociones, pues no era hombre de pasarelas.  No pretendía ser un santo de altar o un prócer de papel, solo quería servir con amor y con pasión, con consecuencia absoluta, intachable.

Así vivió también su vocación sacerdotal, a prueba de grandes adversarios y de grandes adversidades.  Cuando fue forzado a decidir entre la permanencia en su orden religiosa y su llamado de servicio, optó por su compromiso de Medellín, pero continuó honrando sus votos, diferenciando con absoluta claridad, lo formal de lo real.  Continuó viviendo en la casa de la comunidad y después de años de acampar a las puertas de la Compañía de Jesús fue nuevamente admitido y tuvo la extraordinaria humildad de volver a recorrer el camino anterior, tratado como si fuese un recién llegado. Esa excepcionalidad lo convirtió, probablemente, en el único jesuita que lo ha sido dos veces.  Él perseveró donde otros querían que se rindiera.

Cuando sintió que los ideales de libertad y justicia social, estaban siendo traicionados por la corrupción de una parte de sus líderes, tuvo la entereza de abandonar al Frente Sandinista para siempre, pero enfermó de tristeza al ver la cruel decadencia de algunos que habían sido símbolos de la revolución y a quienes debería enfrentar en lo sucesivo.

Su misión de servicio no dependía de carnet o camisetas, su intransigencia contra la corrupción, tampoco.  En una ocasión, se acercó a saludarlo un pariente suyo que ostentaba un alto cargo en el sistema electoral, Fernando lo rechazó diciéndole, en claro y llano lenguaje nicaragüense, que estaba lleno de inmundicia.

Con profunda empatía, hace unas semanas hizo público su posicionamiento favorable al aborto terapéutico cuando la vida de las madres corre peligro.  Dónde otros, en afán electorero, encontraron piedras para lapidar mujeres y condenarlas a muerte, Fernando tuvo compasión, es decir, se identificó con su dolor y el de sus hijos.  Atento a los desafíos de los tiempos, frente al enorme riesgo que significa la eventual construcción de un canal interoceánico por Nicaragua, respondió, apasionado siempre, circulando una propuesta inspirada en la encíclica Laudato Si, para hacer una cruzada por el medio ambiente.

En un momento como el que atraviesa Nicaragua, cuando en los escaparates se exhiben todo tipo de servicios para ser vendidos o alquilados al poder político dominante, el ejemplo de la vida de Fernando es un destello para despertar de nuestro adormecimiento, para sanar corazones rotos, para irrumpir en la memoria colectiva devolviéndonos la mejor imagen de nosotros mismos, quebrando en pedazos el espejo construido por quienes son dueños del yugo que nos oprime, que da un reflejo falseado de lo que somos.

Lo mejor de nosotros es la imagen que Fernando nos devuelve: la rebeldía apasionada, decidida e íntegra que lucha cada día por una Nicaragua mejor, no el pragmatismo oportunista y serpenteante, ni el escepticismo desmoralizado y desmoralizador.  

Fernando que tocó con su vida la de varias generaciones, libra ahora su batalla final, la de catalizar nuestra esperanza y ser levadura para nuestros sueños.  

Es tiempo, pues, de “volver a las calles a hacer historia”. 

Managua, 22 de febrero de 2016.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Ortega sin pasamontañas.


Hace unos meses me encontré a un ex oficial de la Policía Nacional.  Aunque no tenía la edad de retiro había sido forzado a abandonar la institución por haber cuestionado el reclutamiento de pandilleros para realizar operativos de violencia política.  Él era miembro de un grupo policial que trabajaba para que los jóvenes abandonaran la vida de delito y violencia. Cuando reclamó, se dió cuenta que dicho reclutamiento se hacía por decisión y con participación de oficiales superiores. Así terminó su vida como policía.

Samir Matamoros, quien disparó contra quienes protestaban el miércoles recién pasado, era uno de esos jóvenes que por su trabajo, el de organizaciones de la sociedad civil o iglesias había pasado de la vida de pandillero a una de activista social. Pero, cuando Ortega decidió que la represión policial directa no le convenía, sino que era mejor lanzar a la calle grupos de pandilleros armados contra la oposición, fuerzas de la Juventud Sandinista, los CPC y aún oficiales de la Policía Nacional se lanzaron a reclutarlos.

No es nueva esa forma de operar.  Se hace desde el 2008. Son los mismos grupos que llevados en buses atacaron a manifestantes de la oposición en Metrocentro y destruyeron vehículos hasta de medios de comunicación.  Son los mismos que fueron lanzados contra manifestantes en León por el secretario político del FSLN y en Managua, en diversas ocasiones. Son los mismos que participaron junto a tropas policiales en el operativo contra los "viejitos" que demandaban su pensión reducida y contra los jóvenes del movimiento OcupaInss que los respaldaban.  Es el modus operandi de la familia Ortega: hablan de amor y mandan a otros a ejecutar actos criminales, para pretender que tienen las manos limpias. 

Lo nuevo ahora, es que el pasamontañas de Ortega se cayó completamente.  En menos de 24 horas, todos sabíamos que Samir Matamoros es un antiguo miembro de los grupos de choque del orteguismo. El tirador y el motorizado que lo sacó del sitio, fueron identificados en las redes sociales y por participantes en la protesta del miércoles. Los otros del grupo y los motorizados que andaban con bates y garrotes también están registrados.  La complicidad policial al más alto nivel quedó absolutamente a la vista, al no mover un dedo frente al hecho. Todo quedó fotografiado, grabado en video y ha sido visto por miles de nicaragüenses.

La Policía hizo como que actuaba, capturándolo solo para protegerlo y organizarle la coartada que desde la cúpula del poder se ha fraguado: hoy Matamoros acusa a Mónica Zalaquet directora del CEPREV una organización que trabaja en la prevención de la violencia y en la rehabilitación de pandilleros, como la persona que lo mandó a realizar ese tiroteo dizque para atizar la protesta política.  Ortega y la jefatura policial saben que esa acusación contra Zalaquett no se sostiene en pie.  Con ello, solo pretende desviar la atención del rostro de Ortega desenmascarado. 

Ahora le queda claro a los vecinos de los barrios de Managua, por qué la Policía es incapaz de actuar contra pandillas violentas que cada semana son responsables de algún crimen como el de la niña Brithany J. Mora Tinoco, de siete meses o Ian Alexander Escobar de 14 años, ambos asesinados en medio de un pleito de pandillas.  La impunidad es parte del trato ofrecido por Ortega a esos pandilleros violentos.  Eso explica que alguien como Matamoros, con un amplio y conocido curriculum delictivo, condenado en ausencia,  haya andado tranquilamente en la calle.

Esos grupos de pandilleros violentos que tienen amenazados a los vecinos de los barrios, que violan muchachas, que destruyen viviendas, que le hacen la vida imposible a las personas, que venden drogas, son protegidos por el poder político y eso incluye a la Policía Nacional.

El trato de Ortega es simple: ellos cumplen tareas de violencia política y a cambio pueden ejercer poder en los territorios, en las comunidades, en los barrios. Eso lo saben todos los oficiales policiales. Por eso ni se mosquearon cuando vieron a Matamoros, un viejo conocido, disparar contra los manifestantes que demandaban elecciones limpias y honestas.

La acusación contra Mónica Zalaquett es solo la cortina de humo que Ortega y la jefatura policial necesitan. Es como el truco que usan los magos para distraer la atención del público hacia otro lado, mientras arreglan el escenario a su gusto. Solo que en este caso, no les sirve. Todo ha sido demasiado burdo y la caída de la máscara de Ortega ha sido vista y está siendo vista por todos.

Managua, 5 de septiembre de 2015

jueves, 9 de julio de 2015

El niño que dijo no.



Hoy, en Somotillo, se realizaron las honras fúnebres del niño nicaragüense Ángel Ariel Escalante Pérez, de doce años, que vivía con su familia en Guatemala.  Unos pandilleros pretendieron obligarlo a matar al conductor de un autobus, so pena de ser asesinado él mismo.  El niño dijo que no. Cuando los criminales lo pusieron a escoger si quería morir descuartizado o lanzado de un puente, Angelito se sostuvo y fue lanzado del puente Belice. Sobrevivió al impacto y relató la historia.  Luchó por su vida, pero había sufrido traumatismos severos, finalmente murió.

Me ha conmovido profundamente su historia por muchas razones.  ¿Qué sucede en una sociedad en la que grupos delincuenciales quieren convertir en criminal a un niño? ¿Qué nivel de impunidad existe que no deja vivir en paz a un niño que solo quiere estudiar, jugar y mejorar su vida?

Pero lo que más me ha movido es su ejemplo de integridad, entereza, valor cívico y valor humano. Un niño que supo que debía hacer lo correcto, que no podía convertirse en asesino, aún a riesgo de su vida.

Mucho de lo que sucede en sociedades como la nuestra tiene que ver con que hay personas, muchas personas, que no dicen no

Si a quienes les propusieron que se robaran los votos de sus vecinos y hasta de sus amigos, hubiesen dicho que no, por que no era correcto, por que el voto de cada quien debe valer igual, no estaríamos entrando en un callejón sin salida.

Si a quienes les proponen cada día que saquen dinero de las arcas públicas para favorecer acciones del partido en el poder, dijeran que no, por que es corrupción, otra sería nuestra situación.

Si a quienes les indican que deben espiar a opositores, rajarles la cabeza, torturarlos, robarles o acosarlos, dijeran que no, por que los nicaragüenses tenemos derecho a pensar como cada quien quiera, a tener la opción política o ideológica que quiera, muchos problemas estarían resueltos.

Si los magistrados a quienes les sometieron la inconstitucional consulta sobre la reelección de Ortega, hubiesen dicho que no, por que la ley no los facultaba, otro sería nuestro sistema judicial y nuestro sistema político.

Si el jefe del ejército y la jefa de la Policía dijeran que no, que no pueden convertir sus instituciones en instrumento de las ambiciones de una familia en el poder, Nicaragua se habría alejado del siempre presente fantasma del somocismo.

A ninguno de ellos se les puso como condición su vida para decir lo que el poder quería que dijesen o para hacer lo que el poder quería que hicieran.

Ciertamente, si decían que no tendrían que sacrificar algo de sus comodidades, renunciar a prebendas y privilegios ilícitos, pero tendrían honor e integridad y el país tendría un camino despejado para procurar su desarrollo.  Pero, evidentemente ninguno tuvo el valor cívico y la convicción que Angelito, un niño de doce años, tuvo en el peor de los momentos, en la peor de las condiciones.

Cada vez que tengo que hablar con jóvenes sobre los problemas de Nicaragua, les insisto en que uno de los grandes aprendizajes en esta sociedad es simplemente decir no.  No a la intolerancia, a la impunidad, a la corrupción, a la represión, a la confiscación de libertades, a la violación a las leyes y los derechos humanos.  A veces, es solamente necesario decir noUn niño pudo hacerlo y tenía toda su vida por delante.  Todos deberíamos poder hacerlo.

Managua 9 de julio de 2015.